El desconcierto, la crisis de valores en la que están sumidos muchos jóvenes, tienen, en el terreno de la sexualidad, su escaparate más llamativo. Será en ellos, precisamente, donde el sexo, entendido en clave de consumo, adquiera sus rasgos más sobresalientes: <<amor pleno>> como una exigencia normal; éxito sexual entendido en clave de prestigio, al mismo nivel que el éxito social o económico; reducción de la sexualidad a la genitalidad; disociación radical de la sexualidad y la fecundidad; se acepta como moralmente buena la norma estadística, etc.
Los jóvenes de hoy quieren vivir a tope, experimentarlo todo, probarlo todo. Tener todo tipo de experiencias, y, entre ellas, con un lugar destacado, las eróticas. Es el fruto del contexto de permisividad social en el que los jóvenes se desenvuelven, contexto permisivo del que, dicho sea de paso, no son los últimos responsables.
Instalados en la ética del todo vale, el posicionamiento de los jóvenes ante la sexualidad está marcado por un subjetivismo radical, una privatización absoluta que rechaza toda posible interferencia exterior y un presentimiento que le hace ocuparse sólo del momento presente.
No es difícil explicarse desde aquí el choque frontal de los jóvenes con las normas y criterios morales de la Iglesia. Como señalan las encuestas, es éste el punto donde el vacío Iglesia-juventud es mayor.
Quizá alguien pueda decir que el retrato que hemos dibujado es muy pesimista. Es cierto que no faltan aspectos positivos y valores muy importantes en la vivencia actual de la sexualidad. Entre otros, el haber desterrado tabúes ancestrales que propiciaban una vivencia angustiosa y culpabilizada del mundo afectivo; no obstante, creemos que el panorama actual nos pide, como educadores en la fe, una catequesis cuidadosa que haga descubrir y asumir a los jóvenes las dimensiones profundas del amor humano que conducirán al joven hasta Dios Padre, amor fuente de todo amor.

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